La composición de la leche materna varía entre madres e incluso dentro de una misma persona, dependiendo de la salud materna, el estado nutricional, la genética, las exposiciones ambientales, la edad gestacional y la etapa de crecimiento del lactante.
Durante los primeros 3-4 días, la madre produce calostro, un líquido espeso, de color amarillento y altamente concentrado en nutrientes, anticuerpos y células inmunitarias. Aunque se secreta en pequeñas cantidades, el calostro cumple un rol fundamental en la protección del recién nacido y en la maduración de su sistema inmunológico. Si te interesa leer un poco más sobre el calostro te invito a leer este post https://nuestroespaciodelactancia.com/calostro-la-primera-leche-materna-y-su-impacto-en-el-bebe/
Entre los días 3-4 y 14 posparto, la producción láctea transita hacia la llamada leche de transición, que combina características del calostro y de la leche madura. En esta etapa, la composición de la leche cambia progresivamente para adaptarse al crecimiento y a las nuevas demandas del bebé.
A partir de las dos semanas, se establece la leche madura, que continúa siendo secretada de forma regular. Sin embargo, investigaciones recientes confirman que la composición de la leche materna sigue evolucionando durante meses después del nacimiento, a medida que cambian las necesidades del bebé y de la madre, lo que pone de manifiesto el carácter dinámico y adaptable de la leche materna.
En promedio, la leche materna contiene aproximadamente un 87 % de agua, entre 3 % y 5 % de grasa, entre 6,9 % y 7,2 % de lactosa y entre 0,8 % y 0,9 % de proteínas, además de vitaminas, minerales, hormonas, factores inmunológicos y miles de moléculas bioactivas (Nature Pediatric Research, 2025). Aporta entre 60 y 75 kcal por cada 100 mL.
El calostro es más rico en proteínas e inmunoglobulinas, mientras que la leche madura contiene una mayor proporción de carbohidratos.
El contenido graso de la leche materna varía ampliamente y está influido por la dieta materna, el estado de salud y la etapa de la lactancia. Revisiones sistemáticas recientes confirman que las concentraciones de ácidos grasos omega-3 y omega-6 reflejan la ingesta materna y las condiciones metabólicas.
Los triglicéridos constituyen la mayor parte de los lípidos de la leche, con los ácidos grasos saturados representando casi el 50 %, incluyendo aproximadamente un 23 % de ácido palmítico. La leche materna también aporta ácidos grasos esenciales, como el ácido linoleico y el ácido alfa-linolénico, que se convierten en ácido araquidónico (AA), ácido eicosapentaenoico (EPA) y ácido docosahexaenoico (DHA), todos fundamentales para el desarrollo cerebral y de la retina.
La leche humana contiene principalmente lactosa, que ayuda a mantener el equilibrio osmótico y favorece la absorción de calcio. Actualmente se han identificado más de 200 oligosacáridos distintos, superando ampliamente las estimaciones previas, los cuales actúan como prebióticos naturales que favorecen el crecimiento de bacterias intestinales beneficiosas y la defensa inmunológica.
La composición de estos oligosacáridos cambia según la etapa de la lactancia y factores genéticos maternos conocidos como el estado “secretor”.
Proteínas
La ingesta proteica materna no modifica los niveles de proteína total.
El contenido proteico de la leche materna disminuye a medida que avanza la lactancia, pasando de 1,4–1,6 g/100 mL en la lactancia temprana a aproximadamente 0,7–0,8 g/100 mL después de los 6 meses.
Las principales proteínas son el suero y la caseína, y la proporción suero/caseína cambia de 80/20 en la lactancia temprana a cerca de 50/50 en etapas posteriores. Entre las proteínas funcionales clave se encuentran la alfa-lactoalbúmina, la lisozima, la lactoferrina y la inmunoglobulina A (IgA), todas esenciales para la digestión, el transporte de nutrientes y la defensa inmunológica.
La glutamina continúa siendo el aminoácido más abundante, con concentraciones hasta 20 veces mayores en la leche madura que en el calostro. Los lactocitos, células epiteliales productoras de leche, ajustan su expresión génica con el tiempo en respuesta a factores hormonales y ambientales, lo que explica estas variaciones en la composición.
La leche materna contiene de forma natural sodio, potasio, calcio, magnesio, fósforo, cloro, hierro, cobre y zinc, aunque en concentraciones moderadas; sin embargo, su biodisponibilidad es excepcionalmente alta. Los niveles de estos oligoelementos fluctúan según la salud y la dieta materna.
Con respecto a los minerales, el yodo y el selenio se encuentran entre los que son dependientes de la dieta materna. Por el contrario, el calcio, hierro, zinc y cobre no se verían afectados por la dieta. Sin embargo, se ha observado que las concentraciones lácteas de hierro, zinc y cobre podrían variar según el área geográfica.
La leche materna es biológicamente activa y contiene glóbulos blancos, anticuerpos (IgA, IgG, IgM), citocinas, quimiocinas, hormonas, enzimas y factores de crecimiento. El factor de crecimiento epidérmico (EGF) promueve la maduración intestinal, mientras que la IgA secretora protege las superficies mucosas del lactante mediante la neutralización de patógenos.
Además, la leche materna incluye moléculas de señalización que influyen en la programación del sistema inmunológico y en el neurodesarrollo del bebé.
Estefania Salinas - Puericultora
Fuente:
Este contenido tiene fines informativos y no sustituye la orientación personalizada de un profesional de la salud. No pretende dar un diagnóstico y/o tratamiento. Ante cualquier duda, consulta con un especialista.

